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ADN

Septiembre 2015: Liz Parrish y el controvertido tratamiento genético

En septiembre de 2015, Liz Parrish viajó a Colombia para someterse ella misma a un tratamiento genético experimental contra el envejecimiento. Desde entonces, reporta una disminución drástica en su edad biológica, pero se trata de un informe no controlado sobre una sola paciente, y la ciencia plantea grandes interrogantes. Una revisión crítica de la historia, la ciencia detrás de ella y la controversia que ha generado.

⏱️10 minutos de lectura ✍️Reverse Aging 👁️930 Vistas

Septiembre de 2015. Liz Parrish estaba nerviosa. Estaba en un avión rumbo a Colombia, donde se sometería a un tratamiento genético no probado en humanos.
Ella y sus colegas habían invertido dos años en desarrollar el tratamiento y realizar los preparativos, pero no podían saber cómo resultaría.

Es importante aclarar desde el principio: Todo lo descrito aquí es un autoexperimento en una sola paciente (n=1), que reportó sus resultados por sí misma, sin grupo de control, sin supervisión regulatoria y sin publicación revisada por pares. No se deben extraer conclusiones médicas de esto, y todos los números que se presentan a continuación son afirmaciones reportadas por Parrish y su empresa, no hechos comprobados.

El tratamiento consistió en dos inyecciones intravenosas y transcurrió sin complicaciones inmediatas.
Antes del tratamiento, las pruebas comerciales de telómeros (realizadas en el laboratorio SpectraCell) indicaban, según Parrish, que la longitud de los telómeros en sus glóbulos blancos era más corta de lo esperado para su edad, una condición que se tradujo en la prueba como una edad biológica reportada de aproximadamente 62 años, mientras que su edad cronológica en ese momento era de 44. Es decir, una diferencia reportada de unos 17 a 18 años, no de 22 años como se ha mencionado a veces.

El primer informe de cambio no llegó en semanas, sino unos seis meses después, en marzo de 2016: una prueba repetida en el laboratorio indicó, según la empresa, un alargamiento de los telómeros. En los años siguientes, Parrish publicó informes adicionales según los cuales su edad biológica reportada continuó disminuyendo, afirmando que a un ritmo promedio de unos cinco años por cada año calendario, hasta alcanzar valores particularmente bajos.

Y aquí se requiere una gran precaución científica. Todos estos datos se basan en informes propios, en una sola paciente y en pruebas comerciales de telómeros, y no han sido revisados por pares. Un problema central es que las pruebas de longitud de telómeros sufren de una imprecisión de medición considerable: los métodos comunes (como qPCR) presentan una variabilidad del orden de aproximadamente el 10% o más entre mediciones, dependiendo del día de la prueba y del laboratorio. Esto significa que una parte significativa del "cambio" reportado puede deberse a ruido de medición y no a un cambio biológico real. Además, la longitud de los telómeros dentro del rango normal no se considera un indicador confiable para determinar una "edad biológica" precisa. Por lo tanto, las impresionantes cifras que reporta Parrish deben tomarse con un escepticismo saludable, como afirmaciones no verificadas y no como resultados probados.

Liz publica estos datos al público, pero su enfoque es controvertido.
George Martin, profesor de patología en la Universidad de Washington, fue asesor de la empresa BioViva de Liz Parrish, pero renunció al enterarse del viaje a Colombia y de la realización del tratamiento fuera del marco de un ensayo controlado.
María Blasco, la científica española cuyo trabajo pionero sobre la telomerasa está en la base de la justificación del tratamiento, insiste en que no se deben aplicar tales tratamientos sin ensayos rigurosos validados por la FDA y otras agencias reguladoras.

Liz no se arrepiente. No discute la necesidad de hacer que el tratamiento médico sea lo más seguro posible, pero señala que nunca puede estar completamente libre de riesgos.
"La gente muere por medicamentos regulados todo el tiempo", argumenta. El tipo de tratamiento que recibió mostró resultados en ratones durante más de una década.
Pero hay que enfatizar: los ratones y los humanos son especies muy diferentes, y no existen datos reales de seguridad en humanos más allá de su único autoexperimento. En otras palabras, no se ha demostrado que el tratamiento sea seguro en humanos; como máximo se puede decir que en su caso particular no se ha observado daño hasta ahora.

En los años transcurridos desde su tratamiento, Liz se ha reunido con presidentes, ministros de salud y responsables políticos de todo el mundo.
Hay un gran interés en sus argumentos, pero también existe el temor de salir del statu quo.
Liz espera que una forma de superar esta resistencia sea hacer que los nuevos tratamientos estén disponibles para pacientes al final de su vida sin las pruebas habituales, pacientes que han probado todos los enfoques aprobados y no les queda alternativa.

Se necesitan muchos años y miles de millones de dólares para llevar un nuevo medicamento al mercado, lo que significa que muchos tratamientos prometedores nunca tienen una oportunidad.
Una consecuencia de esto es el auge del turismo médico, con pacientes que viajan a clínicas fuera de la jurisdicción de la FDA y agencias similares.
Muchas de estas clínicas son instituciones de buena reputación y gestión profesional, pero otras lo son menos.
Liz sostiene que la existencia del turismo médico es una señal de que algo anda mal en el establishment médico y, según ella (una afirmación no verificada), una parte significativa de los ensayos médicos realizados por grandes compañías farmacéuticas se llevan a cabo fuera de las costas de EE. UU.

No hay forma de saber cuántas personas han seguido el camino de Liz Parrish, pero ella cree que hay bastantes. Teniendo en cuenta que los resultados que reporta no han sido verificados de forma independiente ni revisados por pares, no sorprende que la comunidad científica en general se haya mantenido cautelosa y reservada.


Antecedentes científicos: Telómeros y telomerasa
El tratamiento genético principal al que se sometió Liz estaba destinado a alargar sus telómeros. (También recibió un inhibidor de miostatina destinado a combatir la pérdida de masa muscular).
Nuestros genes están compuestos por hebras entrelazadas de moléculas de ADN llamadas cromosomas.
Cuando nuestras células se dividen, los extremos de estas hebras se desgastarían si no fuera por la protección que brindan los telómeros.
Los telómeros son segmentos de ADN repetitivo en los extremos de los cromosomas, que actúan como una especie de "amortiguador" consumible.
Cuando una célula se divide más de una cierta cantidad (lo que se conoce como el límite de Hayflick, generalmente entre 50 y 70 divisiones), los telómeros se acortan significativamente y la estabilidad del cromosoma se ve comprometida.
Una enzima llamada telomerasa puede alargar nuevamente los telómeros y mantener la estabilidad genética de la célula, por lo que está en el centro de la investigación sobre el envejecimiento.

La edad biológica reportada de Liz Parrish se estimó según la longitud de los telómeros en sus glóbulos blancos, y especialmente en los linfocitos T, un tipo de glóbulo blanco que desempeña un papel importante en la respuesta inmunitaria del cuerpo.

La terapia génica generalmente se administra mediante virus, llamados "vectores".
El tratamiento que utilizó Liz Parrish en 2015 utilizó un vector llamado AAV, y su empresa trabajó posteriormente en otro vector basado en citomegalovirus (CMV).
Ambas tecnologías se basan en virus que aparecen de forma natural en humanos y monos, y ambas están diseñadas para suministrar genes que producen telomerasa sin alterar la secuencia del cromosoma en sí.
La ventaja del CMV es que puede transportar cargas genéticas más grandes que el AAV, y BioViva buscó desarrollar tratamientos que utilizaran múltiples genes para influir en el proceso de envejecimiento.
En este marco, BioViva colaboró con investigadores de la Universidad de Rutgers para desarrollar la tecnología.

Salvedad sustancial: Esta colaboración de investigación dio como resultado un artículo publicado en la revista PNAS en 2022 (Jaijyan y colaboradores, "Terapia génica para prolongar una vida saludable"). Este artículo fue retractado en agosto de 2025, a solicitud de la Oficina de Regulación de la Investigación de la Universidad de Rutgers, tras una investigación interna que encontró discrepancias en los datos (incluyendo problemas de imágenes duplicadas). Se trata de una salvedad significativa con respecto a la fiabilidad de algunas de las publicaciones científicas relacionadas con esta tecnología, y debe tenerse en cuenta al evaluar las afirmaciones.

La propia Liz Parrish no cree (y con razón) que el alargamiento de los telómeros por sí solo sea suficiente para vencer el envejecimiento.
Existen diferentes especies cuyos telómeros se acortan rápidamente, y viceversa.
La biología humana es muy compleja y el envejecimiento no será vencido por una única "bala de plata".
Pero Parrish cree (como muchos otros científicos) que el alargamiento de los telómeros puede tener un papel en la lucha contra el envejecimiento. Sin embargo, la traducción de esta prometedora idea a un tratamiento seguro y probado en humanos aún está lejos de estar establecida, y el camino hacia ello pasa por ensayos clínicos controlados, no por autoexperimentos no supervisados.

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